Siempre he considerado mi personalidad como una dualidad. Más allá de los elementos puramente psíquicos que componen la personalidad del individuo, para describir los sucesos de mi ser tengo que identificarme e interpretarme como dos personas, dos cosas, dos oposiciones.
A veces cuando voy caminando por las calles de esta ciudad - donde acontece finalmente todo lo que puedo abarcar - y generalmente por las mañanas y madrugadas o en soledad, me siento como una vagabunda. Miro las calles, la gente y -aunque siempre hay un destino - creo que voy hacia ninguna parte. Es muy grato, eso sí. El poder saberme libre de mi vida aparte de esos lugares, esa otra existencia que por esos momentos se remonta a alguien ajeno a mí, como si una parte clara y pura de mi dualidad saliese a flote dejando a la otra suspendida casi en el olvido, en un recuerdo lejano y muy ausente. Siempre he querido dejar de lado lo insustancial y dedicarme a buscar lo importante, lo esencial. Y siento que así lo hago cuando vagabundeo por las calles y me maravillan la gente, los lugares, las luces y las oscuridades. Lo humano y lo natural, todo junto y revuelto en el laberinto que son nuestras ciudades y caminos. En el tumulto de las avenidas, en el frenesí de una plaza. Todo me gusta, todo me sirve. Porque es ahí cuando toda la creación resplandece y le percibo una utilidad alo egoísta, como si sólo sirviesen para mí y mi deleite, mi búsqueda y mi curiosidad. Pero también comprendo que al resto de la gente puede sucederle lo mismo, y entonces resulta que se cumple el propósito de la universalidad.
Suelo tener, en estos momentos, pensamientos muy dispersos pero llenos de significado. Creo descubrir, o redescubrir - porque me da la sensación de albergar todo el conocimiento dentro de mi alma - muchas cosas que no alcanzo a percibir muy conscientemente, porque se suceden muy rápido, pero sin embargo sé que alancé a comprenderlas.
Es cuando me gusta caminar sin rumbo, sin pausa pero sin prisa. Ensimismarme en mi pensamiento, en los que me devuelve mi entorno.
Pero existe otra fasceta, otro sentir. Éste sale a la luz generalmente por las tardes y las noches, o cuando voy en compañía de alguien más. A diferencia de lo anterior, que siento como si le perteneciese a la ciudad, ahora siento que ella me pertenece. Puedo pasear consciente puramente de mí misma y casi con autosuficiencia, no encuentro placer en la creación sino que en mi propio ser. Es aquí cuando miro los escaparates no con la intención contemplativa de antes sino que con el goce de comprar lo que exhiben.
También me siento de esta forma cuando voy de fiesta, los momentos previos a y durante la misma. Siento que me pertenezco, y también todo lo que va conmigo, todo lo que soy, todo donde estoy. Es un placer más eufórico, más concreto, a diferencia de lo disperso y calmo del anterior. Es aquí cuando soy capaz de disfrutar con una pasión máxima y breve, un deleite del cual tengo plena conciencia, seguridad, espacio y tiempo, mientras que en mi primer estado siento que siempre hay algo inconcluso, que existe desde siempre y para siempre y que yo sólo puedo transitar por él en intervalos que son determinados al azar - o tal ves no tanto - por mi extraño sentir.
Cuando estoy en casa sin embargo, la mayoría de las veces, me sitúo en un punto intermedio que resulta desilusionante porque es casi inercia. Con un movimiento ligeramente pendular entre mis otros dos estados que no llega a resultar satisfactorio.
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